Difusión

“NO PODEMOS SOBREVIVIR SOLOS”

Traspaso generacional exitoso, asociativismo y control de costos. Los mensajes
que nos acerca la historia de la familia Galle en la Región de Los Ríos son claros.
Ejemplo de consistencia y crecimiento.


Esta es una historia que reúne mucho esfuerzo y cariño por la actividad. Es la historia de la familia Galle
que trabaja con optimismo en San
Marcial, un predio que se ubica en el
sector La Victoria, a 25 kilómetros de
Los Lagos (Región de Los Ríos).
Francisco Galle nos recibió junto a su
madre y sus hijos. Y la historia comienza más o menos así: su madre, María
Isabel Yud llegó hace 51 años, cuando
se casó con el padre de Francisco en
1968, su suegro ya había repartido la
tierra entre los hijos. Con muchas ganas
comenzaron a trabajar, principalmente
produciendo leche con 50 vacas. No fue
nada fácil. A los 31 años quedó viuda con
3 hijos. Siguió produciendo leche, junto
a su trabajador, -quien ya lleva 46 años
en el equipo-. Quedó con 30 vacas pero
el campo no se vendió, le puso corazón
y esfuerzo para sacar adelante a la familia y el campo. Se mudaron a Valdivia
para facilitar los estudios y cada fin de
semana, todos volvían al campo a ayudar en lo que se necesitase.


Cuando Francisco terminó sus estudios
en Inacap, surgió la pregunta de qué hacer con el campo. La respuesta estuvo en
seguir e invertir en una sala de ordeña y
aprovechar las 132 hectáreas. “Cuando
terminé mis estudios, nos planteamos
cómo mejorar sin tener acceso a muchos recursos, sembramos trigo, que era
bien pagado en ese tiempo. Con la plata
de los novillos, compramos fertilizante
y sembramos. Y con la venta del trigo,
invertimos en la sala. Finamente, con
Manuel Martínez, nuestro trabajador,
decidimos hacer la sala nosotros mismos”. Demoraron un verano completo,
aserraron un árbol del campo para tener
madera y con inteligencia y paciencia pararon la sala. El futuro yerno de María
Isabel estudiaba construcción civil y les
dio consejos valiosos.

Empezaron con 60 mil litros, ordeñando a tarro y entregaron la leche al
centro de acopio Pucara, que estaba
comenzando a inicios de los ‘90. Eran
68 productores.

Dos Álamos les ayudó mucho, recuerdan y fue una época que recuerdan
con cariño. “Lo más difícil era poner de

acuerdo a las personas de más edad
que este centro iba a funcionar”. To-
dos querían que se hiciera en su sector
hasta que salomónicamente un socio
propuso hacerlo en San Marcial, que
quedaba en el centro.

En 1991 la sala era para 6 unidades y llegaron hasta 15. El patio de espera lo hicieron para 70 vacas, que a ojos de quienes
les ayudaron, parecía una locura. Pero
Francisco siguió adelante y el tiempo le
dio la razón y de hecho, la sala duró hasta
el 19 de diciembre de 2018, cuando fue
reemplazada por la actual.

¿Por qué cambiaron sala de ordeña?
La anterior duró casi 25 años pero ya
era tiempo de hacer reingeniería en el
campo. Les quedó muy chica, muy cerca
del camino público y, muy importante,
por la comodidad de las personas que
trabajan en ella, ya que se redujo las
horas del proceso de ordeño en forma
considerable. “Esta es una sala Boumatic
de 24 unidades, side by side, con lavado
automático. Rebajamos la ordeña en una
hora, que se estaba haciendo lenta”. Hoy
las personas están más contentas y el
proceso se hizo más llevadero, destacan.

La asociatividad como premisa

Participar en el centro de acopio es una
de las claves en esta familia, que cree
en la asociatividad como herramienta
para salir adelante. “Estar en uno era
la única manera de obtener un mejor
precio, de poder enfriar la leche, ya que
en ese tiempo –mediados de los ’90-
no había cómo hacerlo”.

Cuando se decidió hacer la planta, Dos
Álamos comenzó a pagarles el bono
por frío desde ese mismo día. El bono
se acumuló y contribuyó a construir el
acopio, prácticamente sin deuda, re-
cuerda María Isabel, quien era tesorera.
Funcionó muy bien, pero de a poco comenzó el éxodo de productores, sobre
todo un poco más grandes. “Nosotros
nos fuimos porque el acopio se llenó
de asesores y todos los beneficios que
teníamos los fuimos perdiendo.” Pero
el sentimiento de avanzar en conjunto
y trabajar en comunidad no se perdió.
Si bien su madre no quería que salieran
del acopio, Francisco fue persistente y buscó caminos para su leche, que ya
era de un plantel de 70 vacas. Instala-
ron un estanque de frío y entregaron
directo a Dos Álamos. Había un castigo para el excedente de invierno, por
lo que lo usaron para hacer quesos.
Luego Dos Álamos fue comprada por
Lever y literalmente comenzó el terremoto: cambiaron las condiciones
de comercialización y, finalmente, la
adquirió Soprole. No estaban a gusto,
había cambiado el panorama y se des-
incentivaron. Estaban cansados.

Así fue como llegan a la quesería Lácteos Valdivia, al tiempo que quisieron
ingresar a Colun, con la esperanza de
ser cooperados y participar de un modelo que veían con interés y tras varios
años de espera, el día que se vendió
Lácteos Valdivia, pudieron por fin entrar a la cooperativa unionina.

El paso por Lácteos Valdivia fue muy
bueno, destacan, ya que comenzaron
a crecer. Fue una buena etapa, donde
se sintieron muy reconocidos como
productores, con una relación de res-
peto mutuo. Así llegaron a 168 vacas.
La llegada a Colun les gustó, hubo
aprendizaje y ajuste, el resultado
los tiene muy contentos. “Nos gusta
porque las reglas son claras. Las políticas en calidad de leche están escritas hace años. Sabemos que pagan
por sólidos, que no van a cambiar las
reglas de la noche a la mañana. Nos
gusta la estabilidad que nos dan”.
Estar en una cooperativa también los
motiva. “Lo principal es que se participa de las utilidades de lo que se está
produciendo. Las reglas están claras
dentro de la empresa, puedes optar a
otros beneficios, pero lo principal es
que está todo claro”.

Cuidado de costos

Parte de la filosofía de trabajo es man-
tener los costos bien cuidados. Por
ejemplo, no usan grandes cantidades
de concentrado.

En la misma línea, siempre han tenido
claridad en los números del campo.
Por muchos años llevaron gestión en
TodoAgro, “era la única forma de com-
pararnos con el resto, saber en qué an-
dábamos bien y en qué andábamos mal,
comparar nuestros costos. Nosotros no tenemos grandes producciones, pero sí
tenemos costos bajos. Hemos pasado
todas las crisis porque tenemos costos
bajos hasta el día de hoy”.

Estos últimos años han significado un
crecimiento notorio. Esta temporada
van a llegar a 260 vacas en ordeño, en
una plataforma lechera de 100 hectáreas. Para este año están pensando en
instalar riego, de modo de seguir trabajando a bajo costo –su costo de producción por litro en 2018 fue de 170 pesos-.

La foto actual

San Marcial hoy es una lechería que
se basa en cerca de 90 hectáreas de
pradera pastoreadas. La recría se hace
en un arriendo de 60 hectáreas. La
genética es principalmente de origen
neozelandés y holandés una mezcla de
Holstein con Jersey, con una suma de
sólidos promedio de 8,2.

La vaca en San Marcial es de unos 450
kilos, chica, porque es un campo de suelos blandos con presencia de suelos ña-
dis en un sector del predio. Pensaron en
hacer drenaje, pero es muy caro.


Las vacas están a pastoreo todo el
año. Hay un patio de pasada donde comen antes del ordeño. El maíz. Siempre le dijeron que su techo era 700
mil litros sin maíz. El año pasado llegaron a 1 millón 180 mil litros sin maíz.
Intentaron probar con maíz, pero las
heladas de la zona son complicadas,
aparte que no tienen la maquinaria necesaria para el cultivo y dificultades
para prestación de servicios.

Los cultivos que usan son la avena
con ballica, triticale con ballica en
conjunto a cultivos suplementarios,
principalmente brasicas.

En cuanto a la crianza, su hija Fernanda, quien estudió agronomía,
está a cargo del manejo del área.
“Nos preocupamos mucho del manejo de las enfermedades, las camas
las cambiamos constantemente y la

temperatura a la cual damos el sustituto, también”.

Estar solos es imposible

Creen en la asociatividad. Lo demostraron desde que impulsaron el centro de acopio, en su ingreso a Aproval
desde el inicio y en su insistencia por
entrar a Colun. Han sido una familia
que ha buscado ayudar e impactar en
su sector, creen en la unión y en la
importancia de hacer cosas juntos. De
hecho, también hicieron prestación de
servicios agrícolas en el sector, con-
vencidos que más que un negocio,
ayudaba a que los vecinos también
pudieran hacer sus labores en el tiempo correcto, no antes ni después.
Como familia también han dado una
muestra de asociatividad. Hoy son
una sociedad que está ordenada en
lo financiero y en las actividades, de
modo de tener todas las tareas bien
definidas y organizadas.

Hoy estar solos es imposible. Para los
niveles de producción que tenemos
nosotros, hay que unirse. No podemos
sobrevivir solos”, explica Francisco, al
explicar por qué entraron a Colun.
Francisco y su madre unieron a nuevas
generaciones para impulsar San Marcial. En la sociedad también están los 2
hermanos de Francisco, Karen y Ernesto. “Ellos no están acá pero confían en
nosotros”, explica María Isabel.

“Si están las alternativas para cambiar,
uno tiene que buscar el paso para no
seguir llorando. Si está malo, uno sabe
que no puede manejar el precio internacional y buscar el ajuste. Uno sabe que
tiene que producir leche barata. Eso lo
vimos desde que se firmó el Mercosur,
para competir con los países del lado”,
dice Francisco Galle.

De cara al futuro

Su hijo Pancho, quien es egresado de
Agronomía, está a cargo del Pabco, lo
que también ha significado un impacto
positivo. “Hay que ir aplicando las nuevas tecnologías que van apareciendo
para el campo. Lo vemos actualmente
en la agricultura de precisión, lo que te va
haciendo ser más eficiente. Está en uno
ver el cómo tomar esas herramientas y
utilizarlas bien. Esa es la idea”, explica.
La división de las tareas está bien definida. La chequera y la administración
de los recursos está a cargo de María
Isabel; el manejo del campo, labores
y trabajadores, a cargo de Francisco;
Pabco y maquinaria, Francisco hijo; y,
crianza, a cargo de Fernanda.

“Se ha notado el aporte de los chicos.
La única manera de aprender es en la
práctica, pasar el invierno, embarrar-
se, conocer los problemas. Tienen el
conocimiento teórico, pero ahora hay
que aplicarlo. El agricultor que quiere
andar con el sombrero grande, arriba de
la camioneta, va a desaparecer. Lo que
se necesita y que es el ejemplo que nos
dan los neozelandeses, es gente que
esté metida en el barro, así entienden
lo que está pasando”.

Esa filosofía es compartida por esta
familia. Y la motivación la notan los
trabajadores, quienes están contentos
y “ven que todos estamos apuntando
al mismo lado”, resume Francisco hijo.

Cada vez que ha habido problemas, el equipo propone soluciones y la camiseta se nota. Como familia, el principal proyecto actual está en
regar sus praderas. Ya tienen los derechos de agua y
esperan que este verano puedan comenzar con una
parte. La idea es que sea un riego con tazas, ya que
la idea es que no se voltee árboles. Ellos viven en
el campo y quieren disfrutar del entorno en el cual
producen. “Los árboles nos protegen de las heladas,
del invierno, del calor. Es muy importante hablar del
bienestar animal, en que la sombra es importante”.
Francisco hijo explica que están en un sistema de
análisis de suelo a través de satélite, mapeando el
campo y analizando la superficie lechera, en un trabajo con Cooprinsem y Agrosat, con miras a mejorar
la fertilidad del campo en forma homogénea y lograr
mayores producciones en las praderas. “Es importan-
te ver el suelo como una inversión a largo plazo, es
una inversión más del campo, al igual que la sala de
ordeña y un tractor”.

La meta de Fernanda es aumentar el destete para
poder ir haciendo un mejoramiento del proceso,
apuntando al manejo de la temperatura del sustituto lácteo, a través de paneles solares, por ejemplo.
“Mi meta es que trabajemos unidos”, destaca María
Isabel. Francisco dice que en el corto plazo, su visión
es que todo funcione “Soy optimista, hay que entender que es un negocio estrecho y siempre hay que
ver de lo que uno ha avanzado. No hay que quejarse
tanto del camino. El camino no es el problema, el
problema es el chofer”.